Que belleza los pájaros al amanecer, ¿no crees?
Y pensar que llevan siglos cantando cada vez que el sol regresa de besar la luna y sus encantos.
La Vida es fiel. Siempre vuelve.
Esta tercera entrada nace de algo que hoy considero indispensable: cómo llegar a una ceremonia con hongos, o con cualquier planta sagrada, de una manera segura y suficientemente preparada. Te voy a contar desde dentro una sucesión de hechos que me llevaron a un abismo donde nadie debería llegar. Desde ese fondo sin luz nacieron enseñanzas que me tocaron hondo, a mí, a mi trabajo y a mi servicio de hoy.
Que me asomara al abismo de la muerte con 23 años no fue premeditado. Fue la única vía de salida que encontré del sufrimiento que me tenía presa, de manera coherente a mi mundo interno totalmente desorganizado. Un sufrimiento debido a la desconexión, la soledad, a habitar en un cuerpo que había colapsado sin que ni tan siquiera yo misma supiera ya cómo sostenerlo.
Hoy te escribo desde otro lugar. Y me lleno de ternura, compasión e incredulidad por como pude asomarme a ese abismo. Me sigue sorprendiendo cómo guardarse las cosas, desatender lo no procesado, desconectarse de quienes amas (especialmente en una época de estrés o de crisis existencial, por a, por b o por c) puede llegar a desembocar en tanto sufrimiento silencioso y tanta desconexión.
Voy a contarte de manera amable, para que te llegue, sin drama ni tragedia, pues no la hay. Si te estor escribiendo sobre esto es que me siento preparada. En esta entrada nombro sucesos delicados y las palabras se quedan cortas. El dolor y la vulnerabilidad humana merecen todo el cuidado, el cariño, el mimo y el respeto del corazón de todxs.
Y cada experiencia es única. Yo te sigo contando la mía.

Lisboa, o el principio del hundimiento
A los 23 llegué a Lisboa llena de ilusión, abierta a vivir una etapa inolvidable gracias al Erasmus que me habían otorgado. Era la primera vez que me independizaba. Lisboa me atraía, también el portugués, y estaba enamoradísima de quien creía que era el hombre de mi vida. Un músico con el que estábamos inmersos en una verdadera historia de amor, pasión y música, con fantasías de crear familia y pasar el resto de nuestra vida juntos.
Todo empezó bonito. Lisboa y sus encantos que diariamente iba descubriendo, las bellas personas con las que compartía, el arte, la música, el Chapitô, los galãos, las tardes cantando en los miradouros, la psicología sistémica de la Universidade que tanto me interesaba… Todo esto fue descafeinándose debido a un dolor que iba creciendo en mi interior.
No te voy a detallar como fue el declive emocional, psicológico y relacional que viví de octubre a febrero porque no es el lugar. Lo que sí te digo es que con tiempo, proceso, constancia, confianza y sano amor se fue transformando en conexión, sensibilidad y sabiduría viva que hoy no sólo me llena y enriquece mi ser, sino que es fruto de lo que ofrezco al mundo.
En enero decidí, por supervivencia pura, comunicar a mi Universidad que finalizaba el Erasmus en ese primer semestre. Cerré mi vida en Lisboa sin apenas despedirme y regresé a Barcelona.
Dentro del loop
Mi estado emocional se iba desmoronando día tras día. Parecía como si mi mundo interior hubiera sido asolado por un tsunami de emociones y memorias, por una sombra de obsesiones y fijaciones punzantes que tenían presa mi cuerpo, mi mente y mi corazón desde que abría los ojos hasta que los cerraba. Yo no era yo. Dejé de estar conectada de lo que me rodeaba, y de quienes me rodeaban.
Recibí ayuda (bendita ayuda, en forma de amor, presencia y planes) de mis amigxs, mi familia, mi amado. Lo que en ese estado no la podía tomar. Mi amado se sintió tan abrumado que finalmente decidió acabar nuestra relación, y se fue.
Empecé el segundo semestre en mi Universidad e intenté rehacer mi vida. En realidad me dejaba llevar por la corriente estando desconectada de mi. Así, fue imposible. Eran castillos en el aire.
El dolor, la desconexión, el estado de caos, de loop, de sentirme fuera de mí seguía. Y mi desesperación se acrecentaba.
La noche que cambió todo
Hasta que llegó la noche que tomé una sustancia psicoactiva con unos colegas. Seguía desesperada y solo quería salir, como fuera, de aquel estado enajenado que vivía como un calvario. No me sentía conectada ni contenida por nada ni nadie en ese tiempo. Esa noche creamos un setting suficientemente cuidado. La experiencia fue gratificante: me conectó durante unas horas al amor y a la fuerza que somos, y a la magia y al Misterio que envuelve lo que nos pasa.
Pero los días siguientes sucedió algo que ni yo ni nadie esperaba. En ese entonces no existían servicios de integración ni acompañamiento ético y seguro para estas experiencias. Yo desconocía sobre los efectos que podrían desembocarse los días después. Mi desestabilización fue tal que la desesperación se hizo aún más grande, el pozo aún más profundo, el frío aún más frío y la soledad aún más punzante.
Y, presa de todo ello, presa también de un estado de consciencia en el que la realidad me era inaccesible y en el que no tenía capacidad de ver más allá de ese momento, en un cuerpo colapsado de sufrimiento y soledad, mermada mi capacidad de conectar con mis seres amadxs, al cabo de unos días llegó la mañana a la que me asomé al abismo de la muerte.
Quiero resaltar, aunque posiblemente te has dado cuenta, que esa desorganización y al acto al que me llevó no fue debido a la sustancia. Fue debido a la ausencia de acompañamiento, de preparación antes y de integración después. Fue por mi set, en ese entonces desaconsejado para entrar en una experiencia tan potencialmente movilizadora, el que nadie valoró en que ese momento no era el momento adecuado para mi tomar nada. Tal y como llegué a esa noche a la experiencia tenía todas las papeletas de que me desregulara y me desestructurara. No era mi momento, ni la manera; al menos, para mi, en ese entonces.
Lo que pasó los días siguientes está grabado en mis células. Cómo se requebraja la existencia; cómo cada unx es lx eternx responsable de su propio soplo de vida y de esperanza cuando estamos totalmente perdidxs, rotxs, desesperadxs.
Como la capacidad Ave Fénix existe, y como la resiliencia, también.
Cuando se cerró la puerta del centro de salud mental donde iba a quedarme ingresada por segunda vez en mi vida sentí inmediatamente que ese no era mi lugar ni mi manera ni mi camino.
Aún así, este segundo ingreso hospitalario fue la manera de contenerme y empezar a recuperarme. Gratitud siempre hacia lxs médicxs, enfermerxs y personal asistencial que estuvieron ahí. Hice lo que me dijeron. Tomé los psicofármacos que, obviamente, necesitaba. Y después de estar tres semanas ingresada me dieron el alta.

Después del límite: el horizonte
A los pocos días me fui a hacer el Camino de Santiago.
Se organizó espontáneamente. Una amiga estaba viviendo en Galicia y me invitó a ir con ella y sus 3 amigxs a hacer el Camino. Mi «voy» fue tan instintivo como inmediato. Mi cuerpo, mi psique, mi corazón después de esas tres semanas necesitaban aire puro. Naturaleza. Amistad. Movimiento que despertara de nuevo mi fluir natural. Ver de nuevo horizonte. Volver a conectar con el camino (de mi vida).
Necesitaba tierra bajo mis pies. Silencio y pájaros. Peregrinación. Abrazos. Risas. Cada km caminado fue una bendición. El viento, la lluvia, el sol, los olores, las historias del Camino, lxs amigxs de mi amiga que no sabían nada de mi historia y eso me hacía sentir unx de ellxs, la comunidad que nos íbamos encontrando, sentarnos a comer nueces rodeadxs de árboles y sentir de nuevo plenitud, las conversaciones variopintas después de cenar en los albergues, las leyendas del Camino que nos contaban sus guardas… Cada cosa acariciaba mi alma. Y se iban despertando en mi, suavemente, las ganas de Vida.
Empecé a recordar que la espiritualidad es el camino de conexión con el ser, y que el altar es el corazón. Que el sufrimiento, cuando es sostenido con presencia, no solo atraviesa: te transforma. Que el dolor, cuando encuentra un continente (un cuerpo que lo acoge, una voz que lo nombra, un espacio que lo sostiene, un corazón que lo apapacha), empieza a convertirse en miel.
El terreno importa tanto como la semilla
Especialmente al hablar de la preparación para una ceremonia con hongos o con cualquier planta sagrada.
Lo vivido preparó mi cuerpo y mi mente para que años después lo empezara a escuchar de mis colegas psicólogos transpersonales y lo empezara a vivenciar con facilitadores de algunas de las primeras tradiciones que conocí. Los enteógenos, psicodélicos y plantas sagradas no actúan en el vacío. Actúan sobre el sistema nervioso, las memorias, las emociones, las corazas, los miedos, las luces y las sombras tatno a nivel personal como colectivo. Amplifican lo que ya está ahí, latente.
Por eso el estado con el que se toman, y el entorno en el que ocurre no son secundarios. Son parte de la experiencia misma.
Leary llamó a esto set and setting. El set es tu disposición interna: pensamientos, emociones, intención. El setting es el entorno externo: el espacio, las personas, el marco simbólico, la cosmovisión. Ambos son determinantes para que la ceremonia o experiencia resulte terapéutica, de autoconocimiento, trascendencia… o que se convierte en una pesadilla difícil de sostener.
En la tradición mazateca, la velada no comienza la noche en que se ingieren los hongos. Comienza días o semanas antes: dieta, abstinencia, recogimiento interior, oración. No es ascetismo por ascetismo. Es la comprensión de que el cuerpo y la mente necesitan vaciarse y estar en calma para poder recibir. Esto la esencia de la preparación para la ceremonia. Las dietas en el Amazonas, como en la tradición ashaninka o shipibo, siguen la misma comprensión.
La psicología hoy llega al mismo lugar. Son bastantes psicólogxs de referencia que dicen que llegar sin preparación a una experiencia por cuidada que sea es como ponerse unos esquíes por primera vez y lanzarse por una pista negra.
Y algo fundamental: un enteógeno o planta sagrada se toma cuando ésta llama, cuando hay preparación, cuando hay integración, cuando hay acompañamiento que resuena, cuando hay comunidad y tradición que sostiene.
La preparación y la integración es imprescindible
Bastantes de las personas que me preguntan cómo prepararse para una ceremonia saben de «no comer carne«, «dormir bien«, “meditar”… Sin duda es recomendable. Lo que la preparación psicodélica es más. Es todo un trabajo previo que ocurre antes de llegar a tomar nada y que afecta en lo que encontramos cuando llegamos finalmente a nuestro interior.
La preparación es un elemento fundamental para que una experiencia de este tipo sea segura, significativa y suficientemente transformadora. La investigación reciente muestra que la calidad de la preparación influye tanto en los resultados como la sustancia tomada. Por ello, los protocolos actuales incluyen espacios previos de acompañamiento, información y construcción de confianza.
La integración psicodélica (el trabajo que ocurre después de la experiencia) es tan determinante como la preparación previa. Sin ella, lo que se ha abierto o liberado puede no encontrar dónde enraizarse, donde acogerse con amor y respeto (sin juicio), ni canales donde pase a formar parte de la propia vida, relaciones y de unx mismx.
Una preparación adecuada contempla la evaluación de posibles riesgos físicos y psicológicos, especialmente si hay antecedentes de trastornos psicóticos, problemas cardiovasculares o trauma complejo. También incluye el trabajo con la intención, entendida no como una expectativa rígida, sino como pregunta o propósito que orienta el proceso.
La psicología transpersonal destaca la importancia de la capacidad de entrega, la apertura a la experiencia y la confianza en la inteligencia curativa interna de cada persona y que puede activarse en estados ampliados de consciencia. Paralelamente, el chamanismo aporta una visión basada en la relación con la Naturaleza, los ciclos de la vida, lxs ancestrxs y el respeto por el espíritu de las plantas.
Para mi ambas complementarias y que pueden actuar en unidad.
Se dice que la ceremonia empieza cuando decidimos ir
Cierto.
El cuidado, el cariño y el respeto por todo lo que pasa en una ceremonia empieza en los primeros pasos.
Que belleza los pájaros al amanecer, ¿no crees?
Y pensar que llevan siglos cantando cada vez que el sol regresa de besar la luna y sus encantos.
La Vida es fiel. Siempre vuelve.

