Autor: Sandra Borràs

  • 2. La otra orilla del hambre

    Hay hambres que no se sacian con pan.

    Hay vacíos con forma de abrazo, de propósito, de anhelo de ser. 

    Hambre. Una palabra muy antigua. Muy corporal.

    Y de algún modo infinitamente humana”

     

    Dejé de comer a los 13. Empecé restringiendo el desayuno. Antes de entrar al colegio me aseguraba de que quedaba enterrado en el fondo de alguna basura.

    La supresión de alimentos fue veloz. De hecho, en ocho meses perdí unos 20 kilos. La disociación llegó a tal punto que mi cuerpo se iba apagando y yono me daba cuenta.

    Desarrollé una anorexia nerviosa severa en los 90, una década que hoy forma parte de la historia. Entonces los trastornos de la conducta alimentaria eran bastante desconocidos: sin apenas visibilidad pública, con escaso abordaje clínico y menos aún desde una perspectiva transpersonal. Y me consta que de haber, habíalos.

    Fue tanta la escisión de mi yo encarnado, tanto el rapto de esa voz tirana interior que me destruía, que me arrastró a mi primer ingreso hospitalario en un centro de salud mental infanto – juvenil. Tenía 15 años. Fue, literalmente, un golpe.

     

    El primer ingreso lo cambió todo

    Aquella puerta cerrándose. Mi madre al otro lado. Desconocidos de bata blanca. La tensión en el ambiente al comunicarme que no iba a volver a casa. Estos recuerdos conviven hoy con las risas espontáneas que compartíamos los menores allí ingresado/as, con la complicidad que tejíamos entre nosotro/as; aun y el control; aun y las dos horas de silla obligatorias después de cada comida; aun y no poder ir al baño sin un adulto detrás.

    El pasado y el presente danzan siempre con precisión. Ahora son sentimientos de cariño y gratitud al recordar las cartas que nos escribíamos a escondidas con una chica de 14 años que se había intentado suicidar tres veces; por los juegos que nos inventábamos con un niño de 9 años que estaba tan en los huesos como yo; o por cómo nos cogíamos de la mano con otro niño de 15 cuando éste no estaba rompiendo material o encerrado en la habitación de contención.

    El ingreso en el centro de salud mental infanto – juvenil, pudiendo ver a mi familia solo martes y jueves de cuatro a seis de la tarde, fue tan escalofriante como iniciático.

    Algo en mí, más profundo que esa voz que me destruía, sabía que quería seguir viva

    Volví.

     

    El retorno: volver a habitarme

    Logré reconectarme. A vincularme conmigo sintiendo suficientemente mi cuerpo. Viví momentos de la tan anhelada libertad: comer sin castigo ni violencia hacia mí, ya vendría disfrutarlo.

    A generar nuevos discursos internos. Me afiné en escuchar otras voces interiores. A volver a ser yo, en un cuerpo lo suficientemente sano, vivo y carnoso. Así fui floreciendo como la adolescente que era, cada vez más hambrienta de lo verdadero: de presencia, de vínculos, de límites, de mundo.

    Lo clínico fue el primer paso. Luego, en mi juventud, vendría la etapa de terapias humanistas y psicocorporales, hasta entrar en lo transpersonal y finalmente, en lo sagrado con las medicinas y la relación directa con pueblos originarios.

    Fue indescriptible volver a estar con mis amigo/as, mis parejas, mis amantes, mi familia. Permanecer en una habitación sin cerrar la puerta para esconderme y quemar calorías. Poder dormir sin sentirme presa de esa tiranía dentro de mí que me dejaba en vilo. Hacerme visible sin querer salir corriendo. Expresarme como adolescente con ganas de estar en la calle, de estar con mis amigo/as y de transgredir lo que me tocaba… pero, al menos, con capacidad para estar, conectar y empezar a tantear la Vida como venía.

    Volver a mí fue un sueño cumplido. Un anhelo encarnado. Cuando me ingresaron la primera vez mi salud física estaba tan deteriorada que mi vida corría peligro. Ahora veo que con 15 años yo no podía más y necesitaba ayuda urgente.

    Volver a ser, conectada, femenina y venusiana, como me siento ahora, y escribirte desde donde te escribo ahora, ha sido una cirugía interna larga, profunda, con diferentes etapas y de raíz.

     

    figura femenina venusiana entre frutos símbolo de sanación transpersonal en trastorno alimentario

     

    El TCA me atrapó en un momento con mi consciencia aún inmadura, mi ser encarnado a medias y mi mente sin haber alcanzado su completo desarrollo.

    Por eso fue tan imperceptible como implacable.

     

    El cuerpo habla: cuando el desequilibrio es el mensaje no el problema

    Hay hambres que no se sacian con comida. Imposible: vienen de otros lados.

    Quizás lo has sentido. Esa sensación de estar lleno/a por fuera y vacío/a por dentro. De sentir el estómago colmado pero el corazón apagado. O al revés: la necesidad de vaciarte, de liberarte, de vomitar, como si de esta manera pudieras acceder a algo más puro, más verdadero, más tuyo.

    Sin embargo, los síntomas de un trastorno de la conducta alimentaria son difíciles y desafiantes. Pero no son el problema. Son el mensaje. Abren caminos.

    “Estoy convencida de que lo femenino se está abriendo camino hacia nuestra cultura por la puerta trasera; uno de esos caminos traseros es a través de los trastornos alimentarios” – Marion Woodman, en Conscious Femininity

     

    La mirada indígena sobre los trastornos alimentarios: desconexión espiritual y principio femenino 

    Por ejemplo, hay tradiciones indígenas (ashaninka, mapuche, mazateca, guaraní…) que en un desequilibrio alimentario no perciben una enfermedad psicológica o biopsicosocial. Ven una desconexión espiritual. Una ruptura entre la persona y su ser, entre ella y su comunidad, entre ella y la Tierra.

    Estas tradiciones reconocen en los TCA:

    • Una desconexión con la Feminidad y el principio femenino en sus facetas y misterios.
    • También una pérdida del vínculo con la Tierra, que hace perder el sentido de ser nutrido/a por Ella: por el recibir sin condiciones, control o miedo.
    • Y un anhelo de recuperar memorias propias a través de procesos que nos devuelvan a la Naturaleza y al Gran Misterio.

    Además, en la cultura occidental hemos reprimido lo Femenino. La intuición, la ciclicidad, lo sensorial, lo invisible, el contacto sagrado con lo ancestral, con la comunidad, la conexión con la Naturaleza y con el propio cuerpo como portal, como templo y como guía.

    Soltar la mente, abrir el corazón, dejarnos atravesar por nuestro cuerpo y por nuestro instinto y volver a la conexión con la Naturaleza. Con nosotrxs mismxs.

    Todo esto cuando se corta puede convertirse en síntoma. En hambre sin nombre.

     

    Psilocibina y trastornos alimentarios: lo que dice la investigación actual

    Hacia esa dirección apuntan también algunas investigaciones preliminares. Las plantas y hongos sagrados están siendo estudiados actualmente. Estudios con psilocibina para trastornos de la conducta alimentaria la nombran como posible herramienta terapéutica por varias razones:

    • Puede aumentar la flexibilidad cognitiva.
    • Reduce patrones rígidos y obsesivos de pensamiento.
    • Facilita experiencias emocionales profundas y procesos de insight.
    • Puede ayudar a disminuir vergüenza, perfeccionismo o autocrítica extrema, rasgos muy presentes en anorexia y otros TCA.
    • También se relaciona con cambios en redes cerebrales y nuevas conexiones implicadas en la identidad, el control o la rumiación.

    Puede representar una oportunidad (que es tan necesidad vital como anhelo somático esencial) de retorno a lo sagrado… por fin: el propio ser, el propio corazón, la propia fuerza de vida e instinto esencial.

    Todo esto, siempre, en entornos preparados, seguros, acompañado/as y con un encuadre adecuado.

     

    El ser hambriento y el alimento verdadero

    El ser cuando no encuentra alimento que lo sacie de verdad lo busca donde y como puede. A veces en el exceso. A veces en la ausencia. Otras veces en el hartarse. A veces en pasar hambre. Y siempre apunta hacia lo mismo: esto no me nutre. Esto no calma mis anhelos más profundos y genuinos. Necesito algo real, que me lleve a ser a mí de verdad, conectarme y salir de esta soledad.

    El cuerpo habla. A veces, feroz. Y cuando habla a través del hambre (por ausencia o por exceso) nos invita a ir más adentro. A preguntarnos qué tipo de alimento estamos buscando realmente. Llama a nuestro ser, canta a nuestra alma. Qué es lo que necesitamos que el mundo o la realidad tal como la estamos viviendo todavía no sacia de verdad.

    En definitiva, este es el quid: no silenciar, sino escuchar lo que los síntomas vienen a decir. Acompañarlo hasta que encuentren otras formas de expresarse. Culminar con paciencia, sensibilidad y contención que el ser y el corazón reciban su nutrición, no solo un inconsciente con cuerpo.

     

    Sanación transpersonal: más allá del tratamiento clínico

    En la sanación transpersonal de un TCA hay capas que se van revelando:

    1. En primer lugar, lo clínico: recuperar la salud física y la estabilidad psicológica suficiente. Este paso no se puede saltar.
    2. En segundo lugar, lo psicocorporal y vincular: abordar el trauma y lo sistémico como puertas de acceso a la autenticidad, la presencia y al vínculo.
    3. Por último, lo transpersonal y sagrado: la relación con las medicinas, los pueblos originarios y la Naturaleza como vía a un proceso más profundo.

    Una vez que los síntomas remiten y el cuerpo recupera la salud física, y se restablece una salud psicológica y relacional suficientemente buena, comienza otro movimiento: escuchar y rescatar aquello que sigue sonando dentro, algo que llama para poder estar de verdad en paz.

    Hay canciones que siguen sonando aunque dejemos de cantarlas.

    Con amor, con confianza, con paciencia, se va accediendo a un néctar más profundo. Convivir con los retrocesos propios del proceso se hace más llevadero, incluso los fortalece y los convierte en fuente de sabiduría. Se va enraizando la aceptación, compasión y flexibilidad.

    “El destino es la vida que le debemos al alma” – Marion Woodman

     

    Desde el fondo de mis entrañas

    El sonido del mar me fascina. Posiblemente como a ti.

    Escuchando ese rumor me conmuevo al recordar como se sufre en un trastorno de la conducta alimentaria. Lo que junto a los síntomas, hay algo más hondo que tira, como las corrientes marinas. Algo que llega del fondo de las entrañas, del fondo del ser, de lo más remoto del linaje.

    No es dejar de comer. No es recibir amor a cambio de dañarse. Tampoco es seguir con todo bien mientras uno/a se destruye en soledad. Es ir al origen. Es dejar de excluir partes que piden nutrición esencial. Se trata de vincularse con uno/a y con lo que la rodea no desde lo que hace morir sino desde lo que hace vivir, que la Muerte ya vendrá.

    El hambre de ser, el hambre de amor, el hambre de Vida, es lo más humano que existe. Léase aquí también el el hambre, o la necesidad liberarse y soltar. Por eso necesitamos cuerpo, que para eso nos lo han dado.

    Hoy me sacia lo real, lo honesto, lo transparente, lo fluido, con sus penas y glorias. Mi capacidad de decir sí y de decir no persiste. Hay momentos en que patrones o fijaciones inertes de la anorexia nerviosa asoman, y lo vivo con aceptación y, sin duda, sé la senda que jamás voy a volver a pisar.

    Que curioso que te esté escribiendo esto ahora, en primavera, llena de Vida en cada campo, en cada mariposa, en cada abeja, en cada flor.

    Si el hambre acecha, salgo a la Tierra, miro sus formas, escucho los pájaros, huelo las flores.

    La Naturaleza me muestra como es mi cuerpo de mujer.

    Salvaje. Auténtica. Cíclica. Libre. Erótica. Mística. Carnosa.

    Con amor,

    Sandra

     

    altar sanación transpersonal trastorno alimentario

  • 1. Algo en mí siguió aquí

    ¿Cómo sería mi vida si el 15 de agosto de 1986 hubiera estado jugando en otro lugar y no hubiera recibido el impacto que recibí?

    Mi padre murió de un infarto de corazón con 31 años cuando me iba a coger en sus brazos. Yo estaba jugando en el salón de casa. Día 15 de agosto, fiestas mayores, pleno verano, celebración y vacaciones. Su cuerpo se desplomó encima de mí. Yo tenía 2 años y medio.

    Mi padre era mi cobijo, mi protección, mi rey, mi fuente de amor. Decían que sólo tenía ojos para mí. Y yo para él.

    Y se fue. Desapareció de repente de nuestras vidas, para siempre, sin avisar. Cayó encima de mi cuerpito de niña. Y mi cerebro mamífero, totalmente inmaduro y frágil, en parte también murió ese día.

     

    proceso de sanación del trauma temprano

     

    Porque mi padre de repente no estaba. Porque mi cuerpo recibió un impacto físico, mental y relacional brutal con sólo 2 años y medio. Porque mi entorno familiar cambió de golpe. Se congeló. Aunque no se rompió, afortunadamente.

    El “hay que ser fuerte, la vida sigue» se instauró en mi casa. Fue tan abrumador para todo/as que mi padre, un joven de 31 años muy querido, cayera fulminado por un infarto dejando a su mujer y a sus dos hijos (de 2 años y medio y de 4 meses) que mi infancia, mi crecimiento y mi desarrollo dejaron de ser tan tiernos como prometían y se construyeron a partir de ahí.

    Hoy sé que ese evento traumático no sólo me disoció. Es que sucedió cuando aún no había tenido tiempo biológico siquiera para enraizarme en mí.

    La herida llegó antes que el lenguaje. Y se quedó ahí, esperando a ser nombrada.

    Lo que me pasó hoy tiene nombre, aunque entonces apenas nadie lo nombraba así. A los 2 años y medio todo es cuerpo, relación y emoción. El trauma, la alegría, el miedo o el amor se graban en capas preverbales y somáticas, antes de que haya palabras para contarlos. Lo que un/a niño/a no puede procesar solo/a, lo procesa a través de la presencia regulada del adulto.

    Yo necesitaba expresar mucho: el dolor profundo, el pánico absoluto, la soledad, la desconexión, el vacío. Todo en lo que en mi cuerpo y en mi cerebro se había grabado al ver, y sentir, a mi padre morir; al abrirme para ser alzada hacia su pecho para irnos a la playa en verano y recibir a la muerte; al buscarlo y no encontrarlo más; al sentir el dolor profundo de mi madre, de mis abuelx/s, de mis tíx/s.

    Una parte de mí quedó atrapada bajo la impronta de que sí pasaba algo, y que era antinatural hacer como que no.

    Y aún así, algo seguía latiendo

    Hoy tengo 42 años. Y si el 15 de agosto del 86 hubiera estado jugando en otro lugar, yo no existiría como existo, mi vida no sería como es y no estaría haciendo lo que hago.

    Hoy, cuando me dicen que soy una mujer profunda y misteriosa respondo “sí, bendecida a serlo casi desde que nací”.

    Las heridas más profundas son extremadamente retadoras. Pero todas abren oportunidad.

     

    El trauma moldea tus vínculos amorosos

    Quizás conoces personas que dan mucho y reciben poco. O al revés. O personas que se van antes de que las cosas pasen. O personas que se disuelven en el/la otro/a y olvidan quiénes son. O personas que necesitan controlarlo todo para sentirse seguras. O personas que no saben muy bien por qué, pero el amor real (el cercano, transparente) les da un pánico que no pueden nombrar y huyen y evitan el contacto de mil y una maneras. Por supuesto, yo fui una de ellas.

    Pero nada de esto es defecto. Es memoria. Es cuerpo, es sistema nerviosos y ser, haciendo lo que aprendieron a hacer cuando éramos pequeños/as.

    Quirón, el centauro de la mitología griega, cargaba una herida que no sanaba del todo. Y sin embargo, se convirtió en un sabio sanador. No a pesar de la herida. Gracias a ella. Porque aprendió a habitarla, a escucharla, a dejar que le instruyera en algo que la salud o los vínculos intactos nunca habrían podido darle.

    El trauma temprano, una herida que rompe bien adentro, opera de manera parecida.

     

    Amor condicional: el origen de los patrones relacionales

    La verdadera intimidad (la de ser visto/a, nutrido/a, pedir y recibir sin culpa) necesita algo que el trauma temprano suele quitarnos: la sensación de que somos seguros tal como somos, y que sólo por ello merecemos amor.

    Cuando en la infancia el amor fue impredecible, condicional, incoherente o simplemente no estuvo, el corazón aprendió a cerrarse. Y esa biología protectora, tan necesaria entonces, viaja con nosotros/as: en la dificultad de pedir ayuda, en el malestar ante un cumplido genuino, en el “pelotas fuera”, en ese impulso de salir corriendo cuando alguien se acerca demasiado.

    Dar y recibir son dos movimientos de amor. El trauma bloquea al menos uno de ellos.

    Cuando el corazón empieza a abrirse, lo primero que cambia no es lo que hacemos, sino lo que sentimos en el cuerpo: una suavidad nueva, una sensación de jardín que despierta, la capacidad de dejarnos tocar sin convertir nada en deuda, la posibilidad de decir esto me duele sin manipular, el empezar a dedicar tiempo y presencia al otro/a con gozo y convicción, el recuperar el compartirse, descubrirse, verse crecer y crear junto/as.

    El corazón aprende a discernir. Y eso es amor, empezando por el amor propio.

     

    Control y sumisión en las relaciones: una respuesta al trauma

    Las dinámicas de control y sumisión en las relaciones no nacen del mal carácter. Son máscaras de una herida. Estrategias que el ser adoptó para crecer en un mundo que en algún momento sintió como amenaza o le abrumó.

    Quien necesita controlar, suele llevar en su interior a un/a niño/a que vivió la imprevisibilidad, el caos, la ausencia de tierra firme. El control es una forma de crear la seguridad que nunca tuvo. Quien tiende a someterse, muchas veces aprendió que ocupar espacio era peligroso. Que tener voz, necesitar algo, o simplemente existir con fuerza propia podía costar el amor del otro/a.

    Uno u otro toca aquello que suele a todos partirnos en el alma. la herida de rechazo y del no ser capaz.

    Ninguno es defecto. Ninguno es error. Ninguno es locura. Son maneras de sobrevivir.

    Pero llega un momento en que esas estrategias se convierten en trampas. Reproducen, una y otra vez, el mismo patrón: relaciones desequilibradas, donde uno/a cede demasiado y el otro/a toma demasiado, donde la conexión real queda enterrada bajo capas. Lo más doloroso no es el conflicto. Es la distancia. Es sentir que amas a alguien y que no llegas a tocarlo/a, ni a dejarte tocar de verdad.

     

    Sanar el trauma temprano es un acto de amor ancestral

    Cuando el entorno en nuestra infancia es abrumador, represor o caótico, construimos ese yo para adaptarnos. Un yo que sabe leer el humor antes de entrar en una habitación, para hacer gracia. Que sabe cuándo callarse, cuándo dar, cuándo hacerse pequeño/a. Un yo extraordinariamente hábil para sobrevivir. Pero ese yo no es el yo esencial. No es quien realmente somos.

    Reconectar con el núcleo más verdadero y hondo del ser es, en sí mismo, un acto de retorno. No hacia una inocencia perdida, sino hacia una autenticidad más madura: templada por la experiencia, ya no gobernada por el miedo. Fresca, apetecible por y para la Vida, los amores y la nuevas oportunidadas y retos.

    El proceso de sanación no es para destruir este yo adaptado (que tiene su historia, su inteligencia, su mérito) sino para empezar a distinguirlo de lo más genuino que hay en ti. Esa parte que tiene deseos propios. Esa parte que se ilusiona por la Vida. La que pone límites como expresión de amor, no de miedo. La que acoge las necesidades que merecen ser escuchadas. La pura, la que sueña, la que se emociona, la que late, la que lidera. La que ama de la elección, no de la herida.

    Los vínculos sanos no son los vínculos sin conflicto ni sin historia. Son los vínculos donde hay suficiente espacio para ser, suficiente honestidad para nombrar lo que duele y suficiente presencia para atravesarlo… Juntos/as.

    No me refiero a los vínculos de parejas solo. Me refiero a todos los vínculos que habitan en tu corazón.

    La herida no desaparece. Nunca la hace y según me cuentan los mayores, nunca lo hará. Se convierte en sabiduría. En camino. En honestidad que podemos ofrecer a quienes amamos. En pura sensibilidad y humanidad.

    En lo que completa nuestra esencia pura.

     

    Plantas y hongos sagrados

    Estar enraizada en mi cuerpo siendo niña era tremendamente incómodo para mí. Casi imposible. Lo que se grabó con frío y espinas en mi cuerpo preverbal el 15 de agosto del 86 llegó a ser, con el tiempo, insostenible.

    Mi propio proceso de sanación fue inevitable. Se compuso de varias etapas diferenciadas para estar hoy aquí, así, y si le sigues hilo a este blog irás conociendo. Una no habría existido sin la otra. Si me conoces, sabes que los 13 últimos años de procesos profundos con enteógenos, plantas y hongos sagrados han sido absolutamente relevantes para mi, en varias áreas de mi vida. Nunca como atajos, sino como llaves hacia espacios donde las palabras o nada de lo otro no llegó. Cada persona tiene su camino, yo tengo el mío y quizá resuena con el tuyo bien cerquita.

    Una de las epifanías más extasiantes de mi infancia era cuando mi abuela paterna, la iaia, me acariciaba y me acunaba con toda ternura al darme las buenas noches. Te confieso: los momentos antes de dormir a veces hoy aún son como esas epifanías para mí, donde me relajo y entro en una sensación de abrazo y reconfort que son puro bálsamo y medicina.

    No todo es Quirón en la Vida. También es Miel.

     

    La ofrenda

    Este blog es como una ofrenda.

    Porque ofrendar es una forma de decir:

    “Soy parte de un Misterio que me antecede y me excede, y lo honro”.

    En ese reconocimiento algo en nosotros/as se aquieta. Vuelve a su lugar.

    Lo que he ido rescatando todos estos años no solo es para mí.

    Es para devolverlo.

    Con amor,

    Sandra

     

    ritual de sanación del trauma temprano con hongos de psilocibina