¿Cómo sería mi vida si el 15 de agosto de 1986 hubiera estado jugando en otro lugar y no hubiera recibido el impacto que recibí?
Mi padre murió de un infarto de corazón con 31 años cuando me iba a coger en sus brazos. Yo estaba jugando en el salón de casa. Día 15 de agosto, fiestas mayores, pleno verano, celebración y vacaciones. Su cuerpo se desplomó encima de mí. Yo tenía 2 años y medio.
Mi padre era mi cobijo, mi protección, mi rey, mi fuente de amor. Decían que sólo tenía ojos para mí. Y yo para él.
Y se fue. Desapareció de repente de nuestras vidas, para siempre, sin avisar. Cayó encima de mi cuerpito de niña. Y mi cerebro mamífero, totalmente inmaduro y frágil, en parte también murió ese día.
Porque mi padre de repente no estaba. Porque mi cuerpo recibió un impacto físico, mental y relacional brutal con sólo 2 años y medio. Porque mi entorno familiar cambió de golpe. Se congeló. Aunque no se rompió, afortunadamente.
El “hay que ser fuerte, la vida sigue» se instauró en mi casa. Fue tan abrumador para todo/as que mi padre, un joven de 31 años muy querido, cayera fulminado por un infarto dejando a su mujer y a sus dos hijos (de 2 años y medio y de 4 meses) que mi infancia, mi crecimiento y mi desarrollo dejaron de ser tan tiernos como prometían y se construyeron a partir de ahí.
Hoy sé que ese evento traumático no sólo me disoció. Es que sucedió cuando aún no había tenido tiempo biológico siquiera para enraizarme en mí.
La herida llegó antes que el lenguaje. Y se quedó ahí, esperando a ser nombrada.
Lo que me pasó hoy tiene nombre, aunque entonces apenas nadie lo nombraba así. A los 2 años y medio todo es cuerpo, relación y emoción. El trauma, la alegría, el miedo o el amor se graban en capas preverbales y somáticas, antes de que haya palabras para contarlos. Lo que un/a niño/a no puede procesar solo/a, lo procesa a través de la presencia regulada del adulto.
Yo necesitaba expresar mucho: el dolor profundo, el pánico absoluto, la soledad, la desconexión, el vacío. Todo en lo que en mi cuerpo y en mi cerebro se había grabado al ver, y sentir, a mi padre morir; al abrirme para ser alzada hacia su pecho para irnos a la playa en verano y recibir a la muerte; al buscarlo y no encontrarlo más; al sentir el dolor profundo de mi madre, de mis abuelx/s, de mis tíx/s.
Una parte de mí quedó atrapada bajo la impronta de que sí pasaba algo, y que era antinatural hacer como que no.
Y aún así, algo seguía latiendo
Hoy tengo 42 años. Y si el 15 de agosto del 86 hubiera estado jugando en otro lugar, yo no existiría como existo, mi vida no sería como es y no estaría haciendo lo que hago.
Hoy, cuando me dicen que soy una mujer profunda y misteriosa respondo “sí, bendecida a serlo casi desde que nací”.
Las heridas más profundas son extremadamente retadoras. Pero todas abren oportunidad.
El trauma moldea tus vínculos amorosos
Quizás conoces personas que dan mucho y reciben poco. O al revés. O personas que se van antes de que las cosas pasen. O personas que se disuelven en el/la otro/a y olvidan quiénes son. O personas que necesitan controlarlo todo para sentirse seguras. O personas que no saben muy bien por qué, pero el amor real (el cercano, transparente) les da un pánico que no pueden nombrar y huyen y evitan el contacto de mil y una maneras. Por supuesto, yo fui una de ellas.
Pero nada de esto es defecto. Es memoria. Es cuerpo, es sistema nerviosos y ser, haciendo lo que aprendieron a hacer cuando éramos pequeños/as.
Quirón, el centauro de la mitología griega, cargaba una herida que no sanaba del todo. Y sin embargo, se convirtió en un sabio sanador. No a pesar de la herida. Gracias a ella. Porque aprendió a habitarla, a escucharla, a dejar que le instruyera en algo que la salud o los vínculos intactos nunca habrían podido darle.
El trauma temprano, una herida que rompe bien adentro, opera de manera parecida.
Amor condicional: el origen de los patrones relacionales
La verdadera intimidad (la de ser visto/a, nutrido/a, pedir y recibir sin culpa) necesita algo que el trauma temprano suele quitarnos: la sensación de que somos seguros tal como somos, y que sólo por ello merecemos amor.
Cuando en la infancia el amor fue impredecible, condicional, incoherente o simplemente no estuvo, el corazón aprendió a cerrarse. Y esa biología protectora, tan necesaria entonces, viaja con nosotros/as: en la dificultad de pedir ayuda, en el malestar ante un cumplido genuino, en el “pelotas fuera”, en ese impulso de salir corriendo cuando alguien se acerca demasiado.
Dar y recibir son dos movimientos de amor. El trauma bloquea al menos uno de ellos.
Cuando el corazón empieza a abrirse, lo primero que cambia no es lo que hacemos, sino lo que sentimos en el cuerpo: una suavidad nueva, una sensación de jardín que despierta, la capacidad de dejarnos tocar sin convertir nada en deuda, la posibilidad de decir esto me duele sin manipular, el empezar a dedicar tiempo y presencia al otro/a con gozo y convicción, el recuperar el compartirse, descubrirse, verse crecer y crear junto/as.
El corazón aprende a discernir. Y eso es amor, empezando por el amor propio.
Control y sumisión en las relaciones: una respuesta al trauma
Las dinámicas de control y sumisión en las relaciones no nacen del mal carácter. Son máscaras de una herida. Estrategias que el ser adoptó para crecer en un mundo que en algún momento sintió como amenaza o le abrumó.
Quien necesita controlar, suele llevar en su interior a un/a niño/a que vivió la imprevisibilidad, el caos, la ausencia de tierra firme. El control es una forma de crear la seguridad que nunca tuvo. Quien tiende a someterse, muchas veces aprendió que ocupar espacio era peligroso. Que tener voz, necesitar algo, o simplemente existir con fuerza propia podía costar el amor del otro/a.
Uno u otro toca aquello que suele a todos partirnos en el alma. la herida de rechazo y del no ser capaz.
Ninguno es defecto. Ninguno es error. Ninguno es locura. Son maneras de sobrevivir.
Pero llega un momento en que esas estrategias se convierten en trampas. Reproducen, una y otra vez, el mismo patrón: relaciones desequilibradas, donde uno/a cede demasiado y el otro/a toma demasiado, donde la conexión real queda enterrada bajo capas. Lo más doloroso no es el conflicto. Es la distancia. Es sentir que amas a alguien y que no llegas a tocarlo/a, ni a dejarte tocar de verdad.
Sanar el trauma temprano es un acto de amor ancestral
Cuando el entorno en nuestra infancia es abrumador, represor o caótico, construimos ese yo para adaptarnos. Un yo que sabe leer el humor antes de entrar en una habitación, para hacer gracia. Que sabe cuándo callarse, cuándo dar, cuándo hacerse pequeño/a. Un yo extraordinariamente hábil para sobrevivir. Pero ese yo no es el yo esencial. No es quien realmente somos.
Reconectar con el núcleo más verdadero y hondo del ser es, en sí mismo, un acto de retorno. No hacia una inocencia perdida, sino hacia una autenticidad más madura: templada por la experiencia, ya no gobernada por el miedo. Fresca, apetecible por y para la Vida, los amores y la nuevas oportunidadas y retos.
El proceso de sanación no es para destruir este yo adaptado (que tiene su historia, su inteligencia, su mérito) sino para empezar a distinguirlo de lo más genuino que hay en ti. Esa parte que tiene deseos propios. Esa parte que se ilusiona por la Vida. La que pone límites como expresión de amor, no de miedo. La que acoge las necesidades que merecen ser escuchadas. La pura, la que sueña, la que se emociona, la que late, la que lidera. La que ama de la elección, no de la herida.
Los vínculos sanos no son los vínculos sin conflicto ni sin historia. Son los vínculos donde hay suficiente espacio para ser, suficiente honestidad para nombrar lo que duele y suficiente presencia para atravesarlo… Juntos/as.
No me refiero a los vínculos de parejas solo. Me refiero a todos los vínculos que habitan en tu corazón.
La herida no desaparece. Nunca la hace y según me cuentan los mayores, nunca lo hará. Se convierte en sabiduría. En camino. En honestidad que podemos ofrecer a quienes amamos. En pura sensibilidad y humanidad.
En lo que completa nuestra esencia pura.
Plantas y hongos sagrados
Estar enraizada en mi cuerpo siendo niña era tremendamente incómodo para mí. Casi imposible. Lo que se grabó con frío y espinas en mi cuerpo preverbal el 15 de agosto del 86 llegó a ser, con el tiempo, insostenible.
Mi propio proceso de sanación fue inevitable. Se compuso de varias etapas diferenciadas para estar hoy aquí, así, y si le sigues hilo a este blog irás conociendo. Una no habría existido sin la otra. Si me conoces, sabes que los 13 últimos años de procesos profundos con enteógenos, plantas y hongos sagrados han sido absolutamente relevantes para mi, en varias áreas de mi vida. Nunca como atajos, sino como llaves hacia espacios donde las palabras o nada de lo otro no llegó. Cada persona tiene su camino, yo tengo el mío y quizá resuena con el tuyo bien cerquita.
Una de las epifanías más extasiantes de mi infancia era cuando mi abuela paterna, la iaia, me acariciaba y me acunaba con toda ternura al darme las buenas noches. Te confieso: los momentos antes de dormir a veces hoy aún son como esas epifanías para mí, donde me relajo y entro en una sensación de abrazo y reconfort que son puro bálsamo y medicina.
No todo es Quirón en la Vida. También es Miel.
La ofrenda
Este blog es como una ofrenda.
Porque ofrendar es una forma de decir:
“Soy parte de un Misterio que me antecede y me excede, y lo honro”.
En ese reconocimiento algo en nosotros/as se aquieta. Vuelve a su lugar.
Lo que he ido rescatando todos estos años no solo es para mí.
Es para devolverlo.
Con amor,
Sandra


